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Edición 126 Revista Kinetoscopio

Agnès Varda fue una ola en sí misma
Editorial

 

Una joven fotógrafa belga, cuya familia se refugió durante la Segunda Guerra Mundial en un barco anclado al muelle de la población costera de Sète, en el sur de Francia, termina haciendo –como de la nada– un largometraje sin contar con experiencia alguna; es más, casi sin haber visto cine. Era Agnès Varda y esa ópera prima fue La Pointe-Courte (1955), asombrosa amalgama entre el neorrealismo italiano y un inédito modernismo formal que va a anticiparse años al cine de Alain Resnais y a la nouvelle vague del país que la acogió.

¿De dónde sacó ella tal atrevimiento? En su cuerpo –frágil y pequeño– y en su rostro tímido, no parecen estar la respuesta. Lo está en la seguridad intelectual que adquirió en sus estudios de literatura y psicología en la Sorbona en París, y de historia del arte en la Escuela del Louvre, amén de las clases nocturnas de fotografía en Bellas Artes. Su labor como fotógrafa del Théâtre National Populaire en París le había permitido acercarse a la escena teatral, y esa experiencia dramática, aunada a sus estudios universitarios y a su vivencia entre los pescadores de Sète la condujeron al cine. Ahí estaría 65 años.

Ese fue el tiempo que transcurrió entre el rodaje de La Pointe-Courte en agosto de 1954 hasta el estreno este año en el Festival de Cine de Berlín de Varda par Agnès, una serie de dos capítulos para la televisión que recorre su obra fílmica y sus instalaciones artísticas a la manera de una clase maestra dictada por una abuela sabia que tenía claro que no iba a quedarse acá para siempre. Y el día de la partida llegó. Fue el 29 de marzo de este año en París. Noventa años tenía. También tenía a sus espaldas una obra infinitamente valiosa, comprometida, valerosa, feminista, política y vanguardista. Palabras que también la definen a ella. Se nos va a ir la vida recordándola y admirando el cine de una mujer que no tuvo necesidad de unirse a oleajes tan ajenos como pasajeros: tal como lo expresa Pedro Adrián Zuluaga en esta revista, ella fue una ola en sí misma.

Este número de Kinetoscopio le rinde homenaje a la obra de Agnès Varda, pero esta vez hemos dejado de lado el formato de dossier para incluir una sección amplia de novedades del cine colombiano, un grupo de filmes que ameritan nuestra atención permanente, tanto como el respaldo de su propio público, muchas veces apático. También damos un vistazo a un par de películas recientes que tienen a la música como factor común –Rocketman y Rolling Thunder Revue–, y les traemos la reseña de Parasite, la ganadora de la Palma de oro en Cannes.

Espero que disfruten la lectura.

 

–El editor



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