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Fellini Año 100
Kinetoscopio edición 127

Para Luis Alberto Álvarez y Paul Bardwell

“Pienso que yo hago películas porque no sé cómo hacer algo diferente y me parece que las cosas encajan en una forma espontánea y natural, alentando este inevitable resultado. Ya he dicho antes que nunca pensé que me volvería un director, pero desde ese primer día, la primera vez que grité “¡Cámara!”, “¡Acción!” “¡Corten!” me parecía que siempre había sido uno, que yo no podía ser nada distinto, y que esa era y sería mi vida. Consecuentemente, mientras hago cine, no considero nada diferente a seguir esa inclinación natural de contar historias a través del cine, historias que son agradables para mí y que yo disfruto contar con una mezcla inextricable de sinceridad y mentiras, con la voluntad de asombrar, confesar, absolver, un deseo desvergonzado de complacer, interesar, dar un moraleja, ser un profeta, un testigo, un payaso… hacer reír a la gente y conmoverla”, escribía Federico Fellini en su bello volumen autobiográfico Making a film.

Y esas promesas a fe que las cumplió, pues el cine de Federico Fellini fue todo eso: una obra personal, llena de unas marcas completamente distinguibles que la hacían única, imposible de imitar y de seguir, pues estaba construida a partir de sus recuerdos, vivencias, sueños, fantasías y deseos irresolutos. Y, sin embargo, logró ser asombrosamente universal, reflejar las angustias del hombre moderno, su soledad espiritual, su desazón moral. Sus personajes aspiraban a una gracia esquiva, mientras se iban derrumbando desde adentro, desmoronándose como la sociedad que los gestó y los hizo proclives a caer.

El veinte de enero de 2020 se conmemoró el centenario del nacimiento de Federico Fellini, inaugurando un año entero de celebraciones alrededor de su vida y su filmografía, un celuloide inesperado por lo palpitante y lo festivo, pero también por lo dramático y lo cínico, y que en sus contradicciones y hallazgos le habla al oído a las nuevas generaciones: Fellini no es un patriarca oxidado de la historia del cine, es un payaso que nunca ha dejado de hacer muecas, que bien pueden ser de dolor o de risa, pero que jamás será una cara plana y adusta.

Kinetoscopio se suma a este acontecimiento del cine mundial con este número, que marca además los 30 años de la aparición de esta revista, una doble celebración que nos llena de orgullo. Por eso convocamos a la mayoría de los escritores que habitualmente escriben en cada edición para que evocaran a Fellini desde su propia mirada y al final obtener con sus textos un retrato plural de un artista imposible de definir, pero a la vez completamente reconocible. Creemos que la tarea está hecha. 30 años de Kinetoscopio. 100 de Fellini. ¡Salud!

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