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MANIFIESTO DE CREACIÓN HÍBRIDA.

   

«El sueño», de Henri Rousseu

Por Juanita Onzaga                                                                                                                                                                                                                               

POLÍTICAS PERSONALES DE LA LIBERTAD HÍBRIDA

En este mundo presente de fronteras y paredes, de permanentes divisiones en categorías, razas, naciones y colores. El único estado posible de mi ser, como un acto político y como un motor creativo, es el de disolver todo tipo de bordes y separaciones, imaginarias o no.
Y esto en un sentido que abarque las distintas instancias del ser.

Cuando definimos una idea como negra o blanca, excluimos la posibilidad de que esta sea gris. Tanto que si la definimos como gris, puede ser casi negra o casi blanca, dependiendo del estado de ánimo desde donde la miremos.

El acto de creación se destila de un fluido fermentado de ideas conscientes y no tan conscientes, de formas, de sonidos y rostros, de experiencias propias y situaciones imaginadas, destellos de luz y penumbras, todas ideas que no pueden arriesgarse a ser domesticadas antes de ser.

En la vulnerabilidad de una idea que nace, le doy la libertad de simplemente ser, sin necesidad de definirla.
Definir la acción creativa es posible entonces, sólo por medio de una palabra que acoja e incluya a su posible contrario.

HÍBRIDO

Para que el jugar sea el estado permanente de la mente, el estado del ser,
el estado creativo.

Para existir como una criatura que confía en su instinto como una manera de estirar el universo y sus múltiples posibilidades.
Como una forma intuitiva de reaccionar y fluir a esas cosas extrañas que vienen desde afuera y sin saber cómo, nos tocan.

Al no dejarle tiempo a pensar y a juzgar,
al amar lo que sea crea, simplemente por el hecho de que está siendo creado,
al amar intensamente todo aquello que destila su propia esencia,
ya que es solamente ahí donde podemos conectarnos con la más profunda razón de su existir. Al eterno ir-y-venir de las historias que comienzan y que tal vez y lo más probable, es que nunca lleguen a su fin.

A lo indefinido, a lo misterioso.

Una oda a lo desconocido y sus límites invisibles.
A la expresión aniquilante de la poesía y su deshacerse y rehacerse, su destruirse y crearse.

Al flujo mental que asocia en un mismo trance múltiples tonos y acciones, olores y palabras, lágrimas y amaneceres.
Puesto que cada palabra es un discurso libre y cada paso, el principio de una danza.

Para recordar que guardamos nuestras ideas en lo más profundo de nuestra sangre
y que solo tenemos que sacudir un poco nuestro cuerpo empolvado para despertarlas,
ya que todo baile es posible si existe el goce.
Es esta oleada de intensidades y sensaciones, de rostros y dolores,
lo que construye caminos, vías sin fin y carreteras por montañas etéreas,
por las que viajamos con nuestros pensamientos al sangrar alguna idea de nuestros dedos, chorreando el papel con estas mieles azufradas al escribir.

‘Nuestro canto a la guerra’, de Juanita Onzaga

«La imaginación es una gran poder y si el mundo supiera qué cosas extrañas pueden ser producidas por el poder de la imaginación, las autoridades públicas obligarían a los ociosos a dejar de soñar despiertos y mantenerse ocupados en el trabajo».  — Paracelso.

Este texto se publica en Kinetoscopio por cortesía de su autora. El contenido de los artículos es responsabilidad única y exclusiva de sus autores y no corresponde necesariamente al pensamiento de la revista.

 

 

 



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