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TERRITORIOS AL MARGEN

LAS MIL Y UNA, DE CLARISA NAVAS

Por Viviana Bravo
Cali, Colombia

Las mil y una, película de la directora argentina Clarisa Navas, nos ofrece una mirada, una opción, para ver historias y devenires al margen de la estructura tradicional sobre espacios y cuerpos homogéneos que deben desear, verse y movilizarse de determinada manera. El título de la película viene de un barrio de la provincia de Corrientes llamado “Las mil viviendas”, donde ha sido filmada. Este fue uno de los proyectos de vivienda realizados a fines de los años setenta para albergar a la clase media, pero que terminó configurándose como un territorio de nadie rodeado de dificultades económicas y sociales. La película se realizó con un elenco formado por jóvenes actrices y actores, en parte naturales, que como la directora pertenecen a esta localidad.

El film habla del territorio, en este caso de espacios y cuerpos marginales ubicados fuera de lo normativo. Seguimos la búsqueda que tiene Iris, la protagonista, por encontrar una forma de desarrollar su sexualidad y sus relaciones en pareja. Con este pretexto de base, extendemos la mirada y la escucha hacia el desenvolvimiento de los vínculos en el espacio que plantea la película, hacia las relaciones que rodean al personaje principal y de las que también forma parte, y hacia las implicaciones que conlleva este habitar, reflejado en cómo se construyen los territorios espaciales y corporales. Los vínculos, las relaciones, dan forma a esta construcción. Es en el relacionarse en donde los cuerpos van configurándose y recorren su habitar, a partir del acercamiento que tiene con ellos la cámara, de la relación con su entorno, de la relación entre el entorno y el sonido, entre el sonido y los cuerpos, y entre los personajes y su cuerpo.

La película se ve traspasada por la metáfora de la desubicación, que remite a habitar espacios que son marginales o disruptivos, espacios atravesados por la búsqueda de la identificación con el deseo y la necesidad de liberarlo. Iris, por ejemplo, no termina

de situarse del todo en sí misma, corporal y mentalmente. Sus movimientos son torpes y su postura da la sensación de encogimiento y vacilación. Esto se hace más evidente cuando está con Renata, la chica por quien siente una atracción no del todo definida y en cuya presencia su actitud se vuelve más tensa y su hablar ambiguo. En contraste, Renata no encuentra mucho problema en hablar de sí misma y denotar en su aspecto sus marcas identitarias. A través de esta búsqueda y acercamiento a los cuerpos en función de sus deseos, la película logra brindar escenarios en los que los afectos corren de forma libre, en oposición a la estructura hegemónica que los cataloga y delimita.

En Las mil y una los cuerpos, y su forma de tomar presencia, resultan particulares: no son cuerpos etiquetados o predeterminados, sino que conllevan rasgos diferenciadores y subjetividades que cuestionan la validez de estereotipos acerca de los vínculos y el cuidado. Por un lado, los personajes expresan una despreocupación por el consumo de sustancias embriagantes o el sexo sin protección, pero por otro, Iris, que representa por momentos lo “sano”, denota una represión y adjudicación a una estructura que no le permite ser ella y desenvolver su placer e identidad. Lo normativo se retrata también en el daño que se ejerce sobre otros cuerpos e identidades, como en los casos de acoso y violación. En contraste, entre los personajes, encontramos en medio de lo precario un aire de ternura e interés por el otro que va más allá de etiquetar un vínculo.

La cámara adquiere un tono cómplice con los cuerpos: sigue a los personajes, o bien deambula por las situaciones que están ocurriendo, enfocando unas reacciones u otras. Por ejemplo, en uno de los muchos planos en que Iris camina por su barrio y la cámara la acompaña, dos chicos le lanzan bombas con orina y ella los persigue mientras nosotros echamos a correr tras ella. De regreso, sin haberse cortado el plano, se reúne con dos chicas que la han ayudado, mientras la mirada va y viene entre los personajes. Cuando las tres se vuelven a ver, la conversación e interacción en el grupo va de un personaje a otro, mientras la cámara hace lo propio y evidencia distintas mini-situaciones. La cámara no enfatiza necesariamente en una sola persona o en quien esté hablando, sino que transita y toma presencia como una integrante más del grupo.

El sonido apoya la sensación de búsqueda y extravío porque remite constantemente al fuera de campo, haciendo presente el entorno y ubicando siempre a los cuerpos en una situación que ocurre más allá de ellos, generando la sensación de falta de espacios de intimidad. El sonido construye una atmósfera barrial, un espacio periférico, pero también es parte de la construcción de los cuerpos. Por un lado, porque hace que los cuerpos dialoguen con su entorno, el cual los hace ser tanto prevenidos o temerosos como disruptivos y fluidos. Por otro lado, los cuerpos se construyen desde la sonoridad que emerge desde ellos mismos, la forma de hablar más abierta o cerrada, las acciones cotidianas, el sonido de su forma de caminar y los diferentes tonos que adquiere la voz.

Las mil y una logra así cruzar distintos tipos de marginalidades y proponer relaciones alternativas, tanto de tipo estético como respecto a los lazos heteronormativos. Nos hace transitar por territorios que constituyen cuerpos impregnados por vivir el ser disidente en un espacio hostil y, moviéndose entre estos territorios, plantea un relato que complejiza la manera en que podemos entender los vínculos con lo carnal y lo social.

 

Esta pieza fue realizada en el marco del Encuentro de Crítica e Investigación de Encuentros 2020, organizado por la Dirección de Audiovisuales, Cine y Medios Interactivos del Ministerio de Cultura de Colombia.



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